Quiero miraros con los ojos de Cristo

Queridos sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, diocesanos de Plasencia: en vísperas y a las puertas de la Santa Semana, en la que los cristianos conmemoramos la entrega de Cristo por amor a los hombres, los verdaderos misterios de nuestra salvación, me pongo de nuevo en contacto con vosotros para haceros una invitación a vivir estos días con hondura creyente. Estos días no los gastemos sólo en ponernos la ropa de deporte para salir a disfrutar de la naturaleza, que también habrá tiempo, sino que reservemos también un espacio para acudir a celebrar cristianamente estos misterios que nos han salvado y que celebramos en el Triduo Pascual.

La celebración del misterio de Cristo es también la celebración de nuestro propio misterio, de nuestra inserción en Cristo. No nos reunimos para celebrar algo que nada tiene que ver con nosotros. No demos la impresión de celebrar algo que nos es ajeno. El cristiano, en el misterio de Cristo, está celebrando la liberación de su propio pecado.

La celebración de la Pascua del Señor nos convoca a todos los creyentes a proclamar que no hay nada que pueda detener el amor de Dios hacia nosotros y su empeño por salvarnos. Jesús no se ha detenido ante el dolor y la muerte, sino que la ha asumido y la ha vencido. Dios comienza a actuar allí donde parece que todo se acaba. Es necesario sentirnos pobres y necesitados para que Él comience a actuar como Dios. Mientras los hombres nos creamos poderosos y seguros de nosotros mismo, Dios no puede intervenir, porque nuestra soberbia no le dejará hacerlo. No es posible celebrar el Triduo Pascual al margen de la fe en el Dios en quien Jesús confió hasta el extremo. Por eso lo resucitó y lo sentó a su derecha.

Después de estos meses en los que he tenido oportunidad de meditar sobre el misterio que supone siempre que el Señor nos pida algo aparentemente contradictorio a aquello a lo que hemos sido llamados: me envía a gastarme sirviendo a una diócesis y, a la vez, a detenerme en esa entrega… es como si el Señor nos pidiera siempre el deseo más profundo de nuestro corazón. Lo más querido, como hace con Abraham pidiéndole que sacrifique a su propio hijo. Porque, como me decía una persona amiga: “para los que miráis con el corazón continuamente no es importante que durante algún tiempo no podáis mirar con los ojos”.

En circunstancias así aprendes que necesitamos leer desde dentro lo que el Señor nos pide; discernir, de entre todas las voces, cuál es la voz del Señor. Y resulta que discernir –nos decía el Papa Francisco en el curso que tuvimos en Roma los nuevos Obispos en el mes de septiembre pasado– significa humildad y obediencia (casi na-da). Humildad respecto a los propios proyectos (¡Cuánto cuesta!) y Obediencia respecto al Evangelio, que es el criterio último.

Sin estar bien del todo, estoy mejor. Lo suficiente como para poder celebrar con gozo mi primera misa Crismal como Obispo de Plasencia con mis sacerdotes y presidir los diversos actos de la Semana Santa. Todo gracias al trabajo de los doctores y a vuestra oración, que ya os dije me ha conmovido profundamente y que nunca agradeceré suficientemente. Que Dios os lo pague como sólo Él sabe hacerlo.

Este tiempo y esta circunstancia adversa me ha enseñado también lo importante que es educar la mirada, para aprender a mirar los acontecimientos y miraros a vosotros con los ojos de Cristo, “que nos da siempre una nueva oportunidad para que podamos empezar a amar de nuevo” (mensaje de cuaresma del Papa Francisco). Con su mirada Jesús abrazaba a las multitudes, pero también a cada uno de los que encontraba, y los entregaba a su Padre. La Iglesia sigue hoy prestando sus ojos a Cristo para mirar a los que más sufren. Ello requiere que nuestra mirada sobre el hombre se asemeje a la del Señor, con un amor que nos proporcione ojos nuevos para no pasar nunca de largo ante el dolor de nuestros hermanos y para que nuestras manos sepan poner bálsamo en sus heridas. Así quiero miraros yo, con esos ojos nuevos, en mi ministerio episcopal. Ahora valoro más lo que veo y los rostros concretos, los vuestros, de quienes el Señor me ha puesto delante para pastorearlos.

Como decía Santa Teresa: “Dejad hacer al Señor de la casa; sabio es; poderoso es; entiende lo que os conviene y lo que le conviene a Él también” (C 17, 7).

Feliz y Santa Pascua. Con mi afecto y bendición.

D. José Luis Retana Gozalo
Obispo de Plasencia

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