Misa Crismal 2019

Querido don Ciriaco, Queridos hijos, hermanos y amigos sacerdotes; personas consagradas, seminaristas, fieles laicos. Gracias por vuestra presencia, que supone una gran alegría para el Obispo diocesano; una especial gratitud para los que venís de lejos. Es hermoso ver a todo el pueblo santo de Dios reunido en la Iglesia madre de la Diócesis, en este gesto lleno de significado. Cada uno, desde nuestro carisma, dispuestos a vivir con fe este importante momento. Como Obispo vuestro os acojo con gozo en esta Misa Crismal.

En la liturgia de esta mañana realizaremos la bendición de los óleos para la unción de los catecúmenos, mediante el cual somos abrazados interiormente por Cristo y por su Espíritu en el bautismo. Bendeciremos el óleo de los enfermos, poniendo ante nosotros tantas personas que sufren y que cuidamos en nuestras parroquias. El sanar, es un encargo que Jesús confió a la Iglesia, según el ejemplo que él mismo nos ha dado. Vino para curar “los corazones desgarrados” nos dice el profeta Isaías. La primera y fundamental curación sucede en el encuentro con Cristo que sana nuestro corazón desgarrado.

El Santo Crisma sirve sobre todo para la unción en la confirmación y en las sagradas órdenes. Las palabras de Isaías: “Vosotros os llamaréis sacerdotes del Señor, dirán de vosotros “Ministros de nuestro Dios” vincula el día de hoy al ministerio sacerdotal. En la última cena, Jesús pidió al Padre por los Apóstoles y por los sacerdotes de todos los tiempos, por nosotros, con nuestro rostro, con nuestra historia de generosidad y también de pecado; por cada uno de nosotros. Estamos ante el Señor y ante nuestro pueblo hoy con enorme gratitud por esta vocación inmerecida y con humildad por nuestras insuficiencias y torpezas.

Vamos a responder a continuación nuestro nuevo “sí” a la llamada del Señor. Le diremos: “Señor, sí quiero unirme íntimamente a ti, renunciando a mí mismo”./ Jesucristo quiere seguir ejerciendo su sacerdocio a través nuestro. Los sacerdotes vamos a renovar en esta misa Crismal nuestras promesas sacerdotales volviendo nuestra mirada agradecida, a aquel día feliz e inmerecido en el que el Obispo ungió nuestras manos e impuso las suyas sobre nuestra cabeza, introduciéndonos en el sacerdocio de Jesucristo.

Seguro que pasarán en este día ante nosotros toda nuestra historia humana y sacerdotal tejida de nombres y acontecimientos en donde ha acontecido lo más hermoso, y donde, seguramente, han existido momentos difíciles. Por eso hoy damos gracias por esta preciosa vocación que hemos recibido diciendo de nuevo sí al Señor que un día nos llamó.

2.- El significado profundo del ser sacerdote es llegar a ser amigos de Jesucristo. En esta amistad debemos comprometernos y empeñarnos cada día. Amistad significa comunión de pensamiento y de voluntad. Supone que debemos tratar y conocer a Jesús de un modo cada vez más personal, escuchándolo, viviendo con él, estando con él. Y la amistad se desarrolla en la oración. Sólo así podemos desempeñar nuestro servicio sacerdotal; sólo así podemos llevar a Cristo y su Evangelio a los hombres. La actividad exterior queda sin fruto y pierde eficacia si no brota de una profunda e íntima comunión con Cristo. El sacerdote debe ser sobre todo un hombre de oración, sabiendo que el tiempo que dedicamos a la oración es realmente un tiempo de actividad pastoral.

Evitemos la tibieza, que debilita nuestra vida espiritual, y la mediocridad, porque sin un camino serio a la santidad por parte de los pastores de la Iglesia, sólo habrá retrocesos en la evangelización, no podrá crecer la Iglesia y no podrá haber abundancia de frutos de gracia. La tibieza y la mediocridad no deben ser compatibles con el sacerdocio.

3.- Cuando el Señor nos reúne en comunidad, en un día como el de hoy, lo hacemos también pidiendo perdón, como hijos pequeños que regresan a casa del Padre bueno. Porque si hay algo que destruye nues­tros presbiterios es la pretensión de estar por encima de los demás, de convertimos en jueces de nuestros hermanos. Tantas veces proyectamos sobre ellos nuestros sueños y exigimos a los demás que los cumplan. Amamos más nuestro sueño de presbiterio que el presbiterio real. Por eso, para situarnos en una posición justa dentro del presbiterio diocesano, debemos entrar dentro de él dando gracias, agradeciendo, porque toda comunidad es, en primer lugar, un regalo que se nos hace. Y en la Iglesia no elegimos a las personas con las que vivimos sino que las recibimos cuando somos enviados a ellas.

No olvidéis que la manera de vivir la comunión de un presbiterio es indicador de la vitalidad de la experiencia personal de Cristo que tiene ese presbiterio. Lo que no construye comunión no viene de Dios. No se trata de que desaparezcan las diferencias lógicas, sino de armonizarlas. Porque Dios siempre da sus dones para construir, para mejor servirnos, completarnos y ayudarnos unos a otros. La fraternidad es una gracia costosa; hay que pedirla y poner de nuestra parte todo lo necesario para construirla. El presbiterio diocesano, antes que obra nuestra, es un don de Dios. Es el Señor quien nos ha elegido, pidiendo al Padre que seamos completamente uno para que el mundo crea.

Sin comunión, la evangelización en una diócesis no es fecunda, porque la fraternidad es el corazón del Evangelio y porque la comunión es lo que hace presente el misterio de Dios. Cada uno debe ponerse al servicio de los demás con el don que ha recibido (1 Pe. 4); de este modo nos situamos en el lugar y el quehacer para el que Jesús y su Iglesia nos envían. No confundamos la misión compartida con otras vocaciones eclesiales. Y se puede pecar por exceso o por defecto, de clericalización de los laicos o de secularización de nuestra vida sacerdotal.

4.- El término con el que la teología del ministerio ordenado ha explicado la misión multiforme a la que un sacerdote es enviado, ha sido la «caridad pastoral». Como dice la Pasto­res dabo vobis, «esta misma caridad pastoral constituye el principio interior y dinámi­co capaz de unificar las múltiples y diversas actividades del sacerdote. Gracias a la misma puede encontrar respuesta la exigencia esencial y permanente de unidad entre la vida interior y tantas tareas y responsabilidades del ministerio, exigencia tanto más urgente en un contexto sociocultural y eclesial fuertemente marcado por la complejidad, la fragmentación y la dispersión. Solamente la concentración de cada instante y de cada gesto en torno a la opción fundamental y determinante de «dar la vida por la grey» puede garantizar esta unidad vital, indispensable para la ar­monía y el equilibrio espiritual del sacerdote» (Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, 23).

5- Y al igual que en todo quehacer humano, también el que ejercemos los sa­cerdotes por encargo del Señor y con la misión sacramental recibida, debemos to­marnos muy en serio la formación permanente. El encargo que se nos hizo el día de nuestra ordenación no ha cambiado, pero nosotros y las personas a las que ser­vimos en nombre de Dios, sí. Tenemos necesidad de continuar una formación integral que nos permita acoger con fecunda obediencia aquello que recordaba Pablo a su discípulo Timoteo: «Te recomiendo que reavives el carisma de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos” (2ª Tim. 1, 6). Esto sirve también para nuestra asistencia a los retiros y Ejercicios Espirituales como modo concreto de cuidarnos en un mundo que nos invita continuamente a la mundanización.

6- Deseo recordaros, como hace el documento “El Presbítero, Pastor y Guía de la Comunidad Parroquial”, nº 11, “que el Presbítero es portador de una consagración ontológica que se extiende a tiempo completo. Su identidad de fondo hay que buscarla en el carácter conferido por el sacra­mento del Orden, por el cual se desarrolla fecundamente la gracia pastoral (…). Puede suceder que algunos sacerdotes, tras haber comenzado su ministerio con un entusiasmo cargado de ideales, experimenten el desinterés y la desilusión, e incluso el fracaso. Muchas son las causas: desde la deficiente formación hasta la falta de fraternidad en el presbiterio diocesano, desde el aislamiento personal hasta la ausencia de interés y apoyo por parte del Obispo mismo y de la comunidad, desde los problemas personales, incluso de salud, hasta la amargura de no encontrar respuestas y soluciones, desde el abandono de la vida interior hasta la falta de fe. De hecho el dinamismo ministerial exento de una sólida espiritualidad sacerdotal se traduciría en un activismo vacío y privado de valor profético. Resulta claro que la ruptura de la unidad interior en el sacerdote es consecuencia, sobre todo, del enfriamiento de su caridad pastoral, o sea, del descuido a la hora de «custodiar con amor vigilante el misterio del que es portador para el bien de la Iglesia y de la humanidad»» [Congregación para el Clero, «El Presbítero, Pastor y Guía… n° 11]

El Señor sabe cómo nos encontramos cada uno de nosotros en este momento. Reconozcamos que estamos necesitados de conversión, de transformación, del perdón del Señor. Una y otra vez ocurre que somos aquel Pedro que no se deja lavar. Y, sin embargo, sólo podemos tener participación en el Señor si nos dejamos lavar./ También yo soy consciente de mi limitación y pobreza; pido perdón al Señor y os pido perdón a todos por las veces que no haya sabido trataros bien y estar atento a lo que necesitabais de mí; y os doy gracias, hermanos sacerdotes, por vuestro afecto y por vuestra paciencia. A la vez que os agradezco vuestra entrega generosa y disponibilidad en vuestra tarea.

Deseo hacer mías las palabras del Papa Francisco al final del encuentro en Roma sobre los abusos: “Permitidme ahora un agradecimiento de corazón a todos los sacerdotes y consagrados que sirven al Señor con fidelidad y totalmente, y que se sienten deshonrados y desacreditados por la conducta vergonzosa de alguno de sus hermanos. Todos sufrimos las consecuencias de su infidelidad. Agradezco, en nombre de la Iglesia, a la gran mayoría de sacerdotes que no sólo son fieles a su celibato, sino que se gastan en un ministerio que es hoy más difícil por el escándalo de unos pocos –pero siempre demasiados- hermanos suyos. Y gracias también a los laicos que conocen bien a sus buenos pastores y siguen rezando por ellos y sosteniéndolos”.

Agradezcámosle al Señor una vez más que nos haya llamado y nos haga dignos de servirlo en su presencia. Señor hemos puesto nuestras manos sobre las tuyas. ¡Guíanos como tú quieras!/ Te pedimos que concedas nuevas vocaciones a nuestra Iglesia de Plasencia, hermanos que se unan a la tarea que nos has encomendado. Pedimos hoy por nuestro hermano José Donoso, para que viva con paz estos momentos de dolor.

Digámosle hoy al Señor desde el fondo de nuestro corazón: “Señor, Tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero”. Para que Él nos mire con la ternura del primer amor y nos repita: “Apacienta mis ovejas”, sabiendo que es Él quien nos pastorea y pastorea con nosotros.

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