Homilía Virgen de las Cruces 2018

Queridos sacerdotes concelebrantes; Excmo. Sr. Alcalde y Corporación Municipal; dignísimas Autoridades civiles y militares; Mayordomo y Hermanos de la Cofradía…; hermanos todos:

Celebramos un año más la fiesta de la patrona de nuestra ciudad, Nuestra Señora de las Cruces. A los pies de su imagen, rodeada de flores, testimonio de vuestro afecto y devoción, celebramos el misterio de la Eucaristía, centro de la vida cristiana.

Honramos a la Virgen en su advocación de la Cruces como patrona de la ciudad y de la comarca, como madre dispuesta siempre a cuidar de sus hijos; atenta para descubrir y atender sus necesidades; madre que protege a todos aquellos que se acogen a su protección; que escucha interesada y atenta, que se preocupa de todos, que perdona todo, que espera siempre, que intuye necesidades ocultas a los ojos de los demás, como hemos escuchado en el episodio de las bodas de Caná narrado en el Evangelio; que goza y sufre con cada uno, que participa de cerca de nuestras inquietudes y preocupaciones, que está a nuestro lado en los momentos de soledad con una presencia humilde, tierna, entrañable, consoladora, fuerte, eficaz…, como sólo las madres saben hacer.

Hoy acudimos a su ermita para agradecerle sus favores de madre, para honrarla como buenos hijos y pedirle que nos siga protegiendo a todos sin excepción; que siga ejerciendo con todos sus buenos oficios de madre buena, de madre de misericordia. Esa es la razón de nuestra presencia aquí.

Nos unimos al gozo de la Virgen y damos gracias a Dios por habérnosla dado como Madre. Su rostro para nosotros es “Ntra. Sra. de las Cruces”, bajo cuya protección maternal nos acogemos, junto con toda esta población de Don Benito y su comarca que cada 12 de octubre la aclama con fervor y la venera como excelsa Protectora.

Y renovando una vez más nuestros sentimientos filiales hacia Ella, como Virgen y Madre, ponemos en sus manos nuestros deseos y necesidades personales y familiares, al mismo tiempo que le confiamos las ilusiones y proyectos de esta gran familia que, como ciudad y como iglesia, se siente unida en torno a la imagen querida y entrañable de Ntra. Sra. de las Cruces.

+ Durante todo los días de la novena habéis estado reflexionando sobre las bienaventuranzas que son como el corazón del evangelio y nuestra hoja de ruta para nuestro caminar cristiano.

El papa Francisco no cesa de exhortar a los cristianos a vivir las Bienaventuranzas, único camino de la verdadera felicidad y único medio también de construir la sociedad.

Las multitudes que acudían a escuchar a Jesús tienen sed de curación, de luz, de felicidad. El responde a esa sed; da a estas personas sufrientes una magnífica respuesta de felicidad, pero en un lenguaje muy diferente del que se podría esperar. Lo que les propone no es una felicidad humana, según la imagen que se presenta habitualmente, sino una felicidad inesperada, encontrada en situaciones y actitudes que no van espontáneamente unidas a la idea de felicidad. Una dicha que no es una realización humana sino una “sorpresa de Dios”, concedida precisamente allí donde se la considera ausente o imposible.

Las Bienaventuranzas son en primer lugar un retrato del mismo Jesús. Son el secreto del corazón del mismo Jesús. Todas se cumplen plenamente en la cruz. Son un don de la misericordia del Padre, la promesa de una gracia, de una transformación interior, de un corazón nuevo. La Ley nueva que promulga Jesús no se contenta con un comportamiento exterior correcto, sino que pide una verdad, una pureza, una sinceridad que compromete la profundidad del corazón humano.

Las Bienaventuranzas son también un tratado completo de vida espiritual. Nos indican a qué estamos llamados en cuanto cristianos, qué significa verdaderamente vivir el Evangelio. Son la descripción de la verdadera madurez humana y espiritual. Retrato de Cristo, son también el tratado del cristiano adulto en Cristo, libre en el Espíritu, hijo del Padre. Nos describen el cumplimiento más acabado de la existencia humana. Son un camino de humanización. Son también un camino de fecundidad y nos indican cómo dar un fruto que permanezca, cómo engendrar a otros a la vida verdadera.

Las Bienaventuranzas son una llamada a la conversión personal, una trans- formación interior que concierne ante todo al individuo. Pero implican también una dimensión comunitaria. Las Bienaventuranzas hacen posible toda vida compartida. Sin humildad, sin misericordia, sin mansedumbre…ninguna comunidad de vida se mantiene.

Añadiría que no pueden ser vividas verdaderamente más que en el marco de una vida en común. La vida común es el lugar privilegiado para vivirlas, para adquirir la experiencia de su verdad y su fecundidad. Habría también mucho que decir sobre el matrimonio y la familia como lugar privilegiado para comprenderlas y practicarlas. Las bienaventuranzas muestran todo su sentido, su belleza y su irradiación, cuando se convierten en la regla de vida de una comunidad.

+La primera Bienaventuranza es la fuente de todas las demás y las contiene en germen. Cada una de las demás supone una cierta pobreza de corazón.

Ser pobre es en primer lugar estar en la verdad ante Dios: reconocer nuestra limitación radical de criatura, nuestra total dependencia de su amor. Es también reconocer nuestra condición de pecadores que tienen tanta necesidad de misericordia y de perdón. Esta toma de conciencia lleva a la humildad porque sabemos que el amor de Dios es siempre mayor que nuestras faltas.

Ser pobre en relación con Dios es además reconocer que todo lo hemos recibido como un don gratuito de su misericordia. Todo lo que somos, todo lo que tenemos, todo el bien que realizamos es algo que nos es dado y de lo que nunca podemos envanecernos: “¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?” (1ª Co 4, 7). Tendemos a sentirnos propietarios de los dones de Dios y a fabricarnos un pequeño pedestal sobre el que nos subimos, para juzgar a los demás y creernos superiores a ellos.

Cuando se es pobre de corazón, siempre se es agradecido. Es la actitud de María: “Ha hecho en mí cosas grandes el poderoso” canta en casa de Isabel.

A la inversa, se puede decir que nada hace crecer más la humildad que el agradecimiento. Dar gracias a Dios es atribuírselo todo a Él, reconocer que todo viene de su amor generoso. Dejemos de mirarnos continuamente al espejo, dejemos de preguntarnos sobre lo que valemos o no valemos, y lo que piensan o dejan de pensar los demás de nosotros y comenzamos a olvidarnos de esas cosas y acoger sólo a Dios en nuestra vida.

Ser pobre de espíritu significa aceptar la total dependencia de la misericordia de Dios. No tener nada, no ser nada por sí mismo, pero recibirlo todo, con una conciencia muy viva de la gratuidad absoluta de los dones de Dios, de los que nunca podemos envanecernos. Eso es una fuente de libertad y felicidad. Porque dejamos de preocuparnos por nosotros.

La Virgen María es el espejo de las bienaventuranzas y del perfecto seguimiento de Cristo. María madre es la primera discípula de su Hijo. Su vida entera es una floración de las Bienaventuranzas. La Virgen es la que, por la sencillez de su corazón, nos arrastra como nadie a vivir el espíritu de las bienaventuranzas, al ser ella la primera bienaventurada.

María de Nazaret encarnó todas las bienaventuranzas, asemejándose plenamente a su hijo, haciéndose así el camino más directo para ir a Cristo.

Cuando contemplamos a María de la Cruces como el ideal encarnado de las bienaventuranzas se alegra nuestro corazón de hijos y al mirar su vida descubrimos su pequeñez y su confianza en Dios. Es la hermana y la madre, semejante a nosotros, que, como creyente fiel, vivió plenamente el ideal del sermón de la montaña. La Fiesta de la Virgen de las Cruces nos invita a mirar a María como la bienaventurada y nos anima a vivir las bienaventuranzas como camino en nuestro ser cristianos.

Virgen de la Cruces ayúdanos a ser pobres, mansos, pacíficos, limpios de corazón, misericordiosos, a llorar con os que lloran, y a trabajar por la paz.

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