FRAY ANTONIO. HOMILÍA EN SU FUNERAL

Querida comunidad de Siervos de María, que con tanto amor y dedicación custodiáis y cuidáis de la casa de la Madre de todos los placentinos; como centinelas que desde esa atalaya nos invitáis a mantener vivo el amor a nuestra patrona la Virgen del Puerto. Queridos siervos de María que desde distinto lugares acompañáis a vuestro hermano.

Queridos hermanos sacerdotes, queridos hermanos y sobrinos del Padre Antonio y demás familia; queridos hermanos y hermanas todos. Pido al Señor que nos bendiga con esa Paz que tanto necesitamos en estos momentos y que su Bien nos llene de esperanza.

No salimos del asombro que nos ha traído la noticia del fallecimiento de este buen hermano que enterramos en esta mañana. El lunes, en mi Visita Pastoral al Colegio Claret de Don Benito, comenzaron a sonar nuestros teléfonos móviles para decirnos la mala nueva de su muerte, que nos ha sorprendido a todos.

Fray Antonio nació en Madrid el 15 de abril de 1950.

Entró en la Orden de los Siervos de María cuando aún era un adolescente. Ingresó en el convento de Santo Domingo de Plasencia, entonces el colegio apostólico de los Siervos de María. En Santo Domingo hizo el noviciado en 1966. Después de los años de formación Plasencia-Roma, fue ordenado sacerdote en 1975, en Madrid, en la iglesia de San Nicolás de los Servitas.

El Padre Antonio era un sacerdote y un fraile cabal e inteligente, ponderando, muy equilibrado. Tenía un trato sencillo y afable. Siempre trataba de facilitar todo, a los frailes y a las personas que solicitaban su servicio como sacerdote. La gente siempre ha hablado de su cercanía, de su bondad.

Era un fraile bien preparado intelectualmente que sabía adaptar muy bien su discurso a toda clase de auditorio. Cuando fue párroco en Denia y Valencia tenía una habilidad increíble en trabajar pastoralmente con los niños.

Le gustaba recordar el nombre de las personas que encontraba, era muy importante para él, llamar a las personas por su propio nombre, aunque los hubiese visto solo una vez. Era un hombre profundamente creyente, la razón de su ser sacerdote y fraile. Desde el primer momento de su hospitalización se puso en manos de Dios; hasta que pudo, recibió la comunión. Recibió la Unción de los Enfermos y la Confesión.

Era un fraile siervo de María que hacía honor al nombre de esta querida Orden. Antonio era muy mariano. Hablaba de Nuestra Señora con entusiasmo, afianzado en la tradición de la Orden. Era Rociero; todos los años hacía el camino del Rocío con una de las Hermandades de Carmona-Sevilla. Eran días muy especiales para él.

Hombre que había conocido la precariedad, procuraba llevar en todo un estilo sencillo, sobrio, ahorrativo, estilo no siempre compartido por los demás. Cuando era más joven, solía hacer los trabajos que pudieran ahorrar dinero a la comunidad en la que estaba. Era un fraile que propiciaba la fiesta y momentos de distensión. Aficionado a la música, compuso algunas antífonas a la Virgen que los servitas continúan cantando.

Todos necesitamos ser consolados en este día. La familia de los Siervos de María que ven cómo uno de sus miembros se les arranca así de temprano; la familia de nuestro presbiterio diocesano que ve marchar a un buen hermano con cuya amistad y cercanía en la vocación común recibida tenía aún tanto que ofrecer y trabajar en esta viña; los pueblos por donde ha pasado este sacerdote, en los que con tanto afecto y gratitud amaban a su cura. Todos necesitamos ayudarnos con el consuelo y la esperanza cristianas.

En mi año y medio de obispo de Plasencia, el Padre Antonio ha sido un hermano verdaderamente entrañables que el Señor me ha dado. Atento y discreto a la vez, estuvo siempre cerca como un hermano. Estar cerca desde su disponibilidad tantas veces demostrada y cumplida, y estar cerca desde el afecto que pone ánimo, que enciende luz, que abraza penas y que se goza con las humildes alegrías…

Para los creyentes no todo termina así, ni aquí tampoco. Encontramos a Dios que, respetando como nadie nuestro dolor, nos ofrece la esperanza de una paz cierta. Esa paz que más necesita nuestra alma en estos momentos. Esa esperanza que se hace promesa y que coincide con lo que nuestro corazón más desea y anhela: la esperanza de resucitar y de volver a vivir sin llanto, ni luto ni duelo con los que Dios mismo nos dio, es más humana que nuestro tormento. Eso nos ha prometido el Señor, y junto a Él para siempre.

Hemos leído en el Evangelio que María se mantuvo junto a la cruz en recíproca y honda comunicación de sufrimiento entre Hijo y madre.

María se mantuvo ante ella en pie (LG 58). Mantuvo la fe en la hora de las tinieblas y de la prueba. El “fiat” de Nazaret y el “stábat” del calvario se corresponden. Así la madre nos enseña a perseverar en las horas duras, en la oscuridad y en el sufrimiento desabrido de la fe, ya que la fe tiene un gozo (Rm 15, 13) y tiene también una cruz. María no se echó atrás, acompañó a Jesús subiendo con él al Calvario y a la cruz del dolor.

María esperó cuando todos vacilaban el triunfo de Jesús sobre la muerte; esperó contra toda esperanza (Rm 4, 18). En ella, la lámpara del amor del Hijo, de la fe en Dios, de la esperanza en su promesa nunca se apagó. María es por su fe y esperanza una especie de puente que une el Viernes Santo de la cruz y de la muerte, pasando por el Sábado Santo del silencio y de la ausencia, con el Domingo del gozo y de la vida. Con ella podemos recorrer el camino de la vida; ella viene con nosotros al caminar para ayudarnos a pasar de la muerte a la vida radiante de la gracia. Es Madre que está junto a la cruz de sus hijos, compartiendo sus dolores silenciosamente y abriendo hendiduras para que la luz pascual entre en el alma y en el cuerpo, en la historia de la humanidad, en la vida y en la muerte de sus hijos…

Dios ha vencido su muerte y la nuestra. Pedimos el eterno descanso de nuestro hermano, pedimos que las manos que en nombre del Señor tanto bendijeron y tanta gracia repartieron sean estrechadas por las manos misericordiosas de Dios bueno. Que sus labios ahora ya enmudecidos no dejen de cantar para Dios el canto para el que nacieron, y que le cuenten al Señor nuestros apuros y desvelos en el santo empeño de llevar adelante esta diócesis de Plasencia sin que en ningún momento nos asalte el temor.

Descanse en paz este buen hombre, buen cura y buen hermano. Que vivamos su ausencia como la despedida para un eterno reencuentro. El Señor ha vencido la muerte, y su resurrección nos acoge diciéndonos y dándonos el verdadero consuelo.

Su vida como siervo de María y sacerdote la podíamos resumir en estas frases: Con santa María, en busca de Dios. La Virgen ha sido guía segura en el itinerario de su vida.

Agradezco al padre Antonio tanto tiempo vivido en este monasterio del Puerto; siempre atento, con esa sonrisa y esa presencia que nos animaba a entrar a conversar con la madre. Agradezco a la orden de los servitas, de todo corazón, tantos años de presencia entre nosotros. Como dice nuestro himno “asido a tu manto, llévame al cielo”. La Virgen del Puerto acompañará amorosa al Padre Antonio en su encuentro definitivo. Le pido al Señor que nos siga acompañando y nos ayude llamando a jóvenes que puedan tomar la antorcha del Padre Antonio, poner en sus labios el mismo Evangelio y que repartan con entrega la gracia del amor de Dios. Descanse en paz.

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