Una Iglesia de la acogida y la misericordia

Como todo en la vida de la Iglesia transcurre y se siembra en el Año Litúrgico, es en el tiempo pascual cuando se recoge. Pero no podemos olvidar que el fruto pastoral que se va a recoger dependerá en gran medida del talante con el que se han ido desarrollando las acciones que propiciaron esta cosecha pascual. Es por eso por lo que me ha parecido oportuno hacer esta reflexión sobre el estilo que ha de tener todo lo que se hace en el día a día de la actividad pastoral de la Iglesia.

Comienzo esta reflexión contando una experiencia que me llamó especialmente la atención en un momento de mi vida sacerdotal. Hace ya bastantes años en mi diócesis de origen, la de Mérida-Badajoz, tras un largo y rico proceso de renovación pastoral, iniciado con la convocatoria y celebración de un Sínodo Diocesano, en el que tuve la gracia de participar como Secretario General, nos plateamos cómo tendríamos que encarar tantas iniciativas, documentos, orientaciones, directorios, normas, etc. Nos parecía que una vez diseñado el programa de pastoral y de dotarlo de cauces de aplicación, habría que cuidar sobre todo el tono que había de tener la acción pastoral directa.

A lo largo del desarrollo del Sínodo descubrimos que muchos querían que las normas fuesen muy concretas y siempre de obligado cumplimiento. Esto no es que esté mal, pero en ocasiones, por motivaciones más bien poco pastorales, no se distinguía lo esencial de lo secundario y se olvidaba que lo mejor no siempre es posible ni conveniente. Frente a estos criterios más bien rigoristas, nos dijimos: hay que reflexionar sobre una pastoral de la acogida y la misericordia. Esta, no obstante, no fue la única ni la más importante razón por la que se propuso la reflexión de este tema en el Consejo de Pastoral; la fundamental era que el Sínodo que acabábamos de celebrar quiso ser una clara apuesta por una Iglesia que buscó en común ser misionera, evangelizadora; y entendíamos que no se puede llegar a ser misionero sin misericordia. Hoy diríamos con el Papa Francisco, sin “la viga maestra de la Iglesia”.

Decía entonces nuestro Arzobispo en la introducción al folleto que recogía la reflexión final sobre este tema: “Nuestra diócesis dispone con este cuaderno sobre la Pastoral de la Acogida y la Misericordia de una inspiración teológica, un impulso espiritual y una pedagogía muy cuidada en orden a devolverle a los hombres el rostro del Dios amor y el de la Iglesia madre y maestra”. ¡A que esto suena muy bien hoy y está de plena actualidad!

No quiero ocultar que tampoco la reflexión del Consejo Diocesano de Pastoral fue fácil. Algunos no entendieron que se reflexionara sobre un tema como este; les parecía un asunto menor. Acostumbrados como estaban a propuestas sinodales y a la elaboración y evaluación de planes pastorales, esto les parecía muy leve, y algunos lo calificaban de puro “buenismo”. Recuerdo aún muy bien el debate que se produjo, que más parecía una rebelión: un tema como este es poco consistente, no tiene “chicha ni limoná”, no es un tema idóneo para una institución de este rango.

No voy a entrar en el contenido del documento, que por cierto es muy rico y de una gran inspiración, pero sí en las causas de esta reacción del Consejo, porque realmente aún no han desaparecido. Con frecuencia los obispos seguimos escuchando la petición de que seamos los guardianes de la más dura e inalterable exigencia. Como nos recuerda el Papa Francisco: “La Iglesia a veces sigue una línea dura, cae en la tentación de seguir una línea dura” (Revista “Credere”). Esta advertencia del Santo Padre nos viene a todos muy bien, porque, como comprobamos cada día, hasta en cosas mínimas y menores nos aferramos a las normas, a las que le quitamos el alma, y de este modo creamos tensiones, a veces irreparables, no sólo entre nosotros sino también entre la Iglesia y los que se han acercado a ella. No dejemos que la gente se vaya con la cara torcida contra la Iglesia, dice el Papa Francisco. A veces nos olvidamos de que las cosas no se quedan sólo entre nosotros y los que se marchan insuficientemente atendidos, también puede quedar dañada la relación con Dios y con la Iglesia.

Eso no significa, no obstante, que todo esté permitido y que todo lo que nos piden tengamos que concederlo; pero siempre hay que dedicar mucha comprensión, misericordia, amabilidad, y tiempo para educar la demanda inapropiada, en el caso de que lo sea, que a veces es más inapropiado el modo de la oferta que la misma demanda.. Para poder estar a la altura de este estilo pastoral nos vendría muy bien educar nuestro corazón, para que “sea sencillo, luminoso con la verdad que él nos da, y podamos así ser amables, capaces de perdonar, comprensivos con los demás, de corazón grande con la gente, misericordiosos” (P Francisco, Misa en Santa Marta, 15 de diciembre de 2014). El mejor camino para que nuestro corazón tenga estos sentimientos, además de acercarnos al de Dios, nos vendría muy bien la cercanía y la proximidad a la gente. Es ahí donde se aprende y se practica la misericordia pastoral.

Como se puede comprobar, la solución es no dejarnos llevar por la rigidez, sino por la misericordia. Y misericordia significa “ni manga ancha ni rigidez”. La solución está en entrar muy a fondo en las demandas de la gente y, en la medida de lo posible, aproximarnos en nuestras respuestas y soluciones al querer de Dios, al amor misericordioso y sin límites del Buen Pastor. Jesús nos enseña que el cristiano debe tener el corazón fuerte, firme, que crece sobre la roca, que es Cristo, y luego ir por el mundo con prudencia […] Jesús no negociaba nunca su corazón de Hijo del Padre, sino que estaba abierto a la gente, buscando caminos para ayudar”. A este propósito ha recordado el Papa Francisco a Juan XIII cuando en el “discurso de la luna les decía a la gente: “Llevad una caricia a vuestros hijos”. La Iglesia sólo puede estar entre la gente como la Madre de la caricia y de la ternura.

Con mi afecto y bendición.

+ Amadeo Rodríguez Magro, Obispo de Plasencia

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