Servidores de la misericordia en torno a Jesús

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MISA CRISMAL Y JUBILEO SACERDOTAL 2016
Queridos hermanos laicos, consagrados y consagradas, hermanos sacerdotes, presbiterio diocesano:

Permitidme que me dirija en primer lugar a nuestros queridos hermanos Ciriaco Benavente, José Conde, Santos Hernández, Francisco Garrido, Ildefonso Trujillo, que este año cumplen bodas de oro sacerdotales y a José Pérez, que cumple las de plata.

Son cincuenta y veinticinco año de fidelidad del Señor, que siempre ha estado grande con vosotros. Ha sido el Señor el que, por gracia y por amor a su grey, os llamó y eligió y el que os sigue acompañando cada día en vuestra misión pastoral, que es la suya. Nuestro Señor Jesucristo nunca os ha dejado solos, porque él es la fuente de vuestro ministerio y la inspiración de vuestra caridad apostólica. Por eso hoy es día de acción de gracias para vosotros y es también una ocasión para la gratitud de quienes os vemos como un ejemplo a seguir en entrega a la misión que en favor del pueblo cristiano habéis realizado en vuestra dilatada y ejemplar vida sacerdotal.

Teniéndoos como ejemplo y conscientes de que el presbiterio diocesano se enriquece con el testimonio fraterno de cada uno de vosotros, vamos a renovar en esta Misa Crismal la conciencia de que llevamos en nuestra frágil y humilde condición humana la gracia del Espíritu, que nos ha configurado para siempre con Cristo Sacerdote como servidores del Pueblo de Dios. Os tenemos muy presentes, queridos hermanos, en la oración y en el afecto y de un modo especial a los que en razón de su entrega al ministerio episcopal o a la misión ad gentes no pueden estar hoy entre nosotros.

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1. La comunión entre los presbíteros

La riqueza de gracia en la que hemos sido bendecidos se alimenta con ciertas condiciones, de las que os voy a recordar algunas en esta homilía. Empiezo diciendo que es necesario que no perdamos en ningún momento la conciencia de que pertenecemos al presbiterio diocesano. Eso nunca es secundario. Sólo por esa pertenencia tiene sentido y fuerza nuestra misión en la Iglesia. El sacerdote, en razón de su ordenación presbiteral, vive, por así decirlo, en el cenáculo de la última cena, está en el círculo de aquellos que han comido con Jesús y han introducido en la historia la unidad que el Señor ha fundado mediante el don de sí mismo para todos, que se renueva como memorial permanente en la Eucaristía.

Sin la comunión de los presbíteros nuestras comunidades no pueden ser comunión. Si nosotros no estamos radicados en la unidad, ninguna comunión podrá nacer y crecer en nuestro ministerio. La Iglesia, construida con mis hermanos sacerdotes y con el obispo, no me permite estar en ella por mi cuenta, a mi aire, como si ser Iglesia fuera una cuestión de gustos, estilos u opciones. La unidad no nos impide ser nosotros mismos, pero sí nos dice que no nos podemos permitir nunca nada que rompa la fraternidad. Al contrario, la fraternidad enriquece y fortalece la misión. “Llamó y constituyó a los doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar” ((Mc 3,14).

El tiempo que nos damos, el respeto que nos tenemos, la ayuda que nos prestamos unos a otros, todo es cauce generador de comunión; y, por supuesto, siempre irá en beneficio de la comunidad de aquellos que nos son confiados. Dedicar tiempo e interés a cultivar la comunión en el presbiterio debería ser en nosotros un detonante para afianzar y potenciar el amor pastoral. Así nos lo ha recordado últimamente el magisterio de la Iglesia, especialmente San Juan Pablo II, que nos invitaba a una fraternidad afectiva y efectiva, que fuera cordial y humana, concreta y activa.

Pero se trata de una unidad que es un don que viene de lo alto, es el don que el mismo Jesús, en su testamento hecho oración, le pide al Padre para nosotros: “Un unum sint…”; “que todos sean uno como el Padre está en mí y yo en ti, para que el mundo crea” (Jn 17,21). Si ese es el deseo de Jesús, esa unidad ha de marcar necesariamente la vida de la Iglesia, y ha de marcar de un modo especial la comunión fraterna en el presbiterio.

2. Con Jesús en medio de nosotros

Esa unidad no se construye si Jesús no está en medio de nuestro presbiterio diocesano. No hay unidad sin él. Esta es la segunda condición que os recuerdo: es el Señor quien nos une. Esto significa que ninguno de nosotros es el artífice de la unidad, aunque si seamos cauces, instrumentos necesarios. La unidad ha de nacer permanentemente de la fuente del corazón de Cristo que late de amor entre nosotros. Es rodeando a Cristo en la Eucaristía, como los apóstoles en la cenáculo, como nos alimentamos de la unidad. Como muy bien nos dice una renovada teología de la unidad: la fuente de la comunión es el amor que mana del corazón mismo de la Trinidad.

En el Evangelio podemos ver muy claro como Jesús no se ha contentado nunca con hacer las cosas él solo, siempre ha dirigido su mirada al Padre, ha actuado siempre con el Padre. “Yo y el Padre somos una sola cosa” (jn 10,30. El “con” de Jesús con su Padre es su manera de vivir; incluso es la manera de vivir de Dios mismo; es la manera de vivir de la que Jesús nos hace participar. Por eso siempre hemos de dejar que Jesús se instale en medio de nosotros y marque nuestra vida sacerdotal en la comunión. Pero sin olvidar que la comunión es imprescindible para llevar a cabo la misión. La presencia de Jesús en medio de nosotros siempre será un impulso en el envío misionero en el que permanentemente estamos implicados: la comunión no se puede entender sin misión, del mismo modo que la misión no es eficaz sin comunión.

3. Identificados con Cristo crucificado

En este Jubileo de la Misericordia que acabamos de hacer y en estos días santos de la Pasión del Señor, os propongo que sintamos a Jesús en medio de nosotros como el Crucificado. Esta es mi tercera propuesta. Los sacerdotes estamos “crucificados con Cristo” (Gal 2,19, “configurados a su muerte” (Fl 3,10). Por eso “nosotros predicamos a Cristo crucificado” (1 Cor 1,23). En Cristo crucificado está la clave de nuestra identificación con él. Se dice que “la exigencia de un seguimiento enamorado no es admirar al Señor, sino acompañarlo mientras es el Abandonado que se abandona a su Padre Dio por nosotros”. El gran principio de la imitación de Cristo es identificarse con él crucificado y abandonado, porque solamente así entenderemos lo que es el amor, el verdadero amor.

Solamente en Cristo crucificado comprenderemos cómo ama Dios: en Cristo crucificado Dios entra en la tragedia humana, entra en la muerte, y todo porque allí es donde están cada uno de sus amados hijos. Jesús sube a la cruz para estar conmigo y como yo. “Me amo y se entregó por mí” (Gal 2,16).

La presencia en nosotros y en medio de nosotros del crucificado, ha de marcar necesariamente la orientación de nuestro ministerio. Si entramos en esa lógica del amor de Dios, la misericordia divina pasará a nuestros corazones sacerdotales y seremos “misericordiosos como el Padre”. Y la misericordia se instalará en nuestro servicio pastoral. Es más, sólo es completo y rico el ministerio, si lo volcamos sin medida y sin restricciones empobrecedoras o duales en la misericordia. Para eso, es necesario que cada día le dejemos hacer a Cristo el diseño de la misión que tenemos encomendada; hemos de dejar que sea Jesucristo mismo quien nos vaya marcando el terreno en el que tenemos que entrar para un ministerio misericordioso.

4. Con la misericordia instalada en el servicio pastoral

Cristo crucificado nos lleva a evangelizar a los pobres sin excluir ninguna pobreza. Eso significa que hemos de adentrarnos en todos los terrenos en los que Jesús entraría y, además, con sus mismas preferencias. A Jesús abandonado y crucificado nos sitúa ante todos los que sufren; ante los atribulados, los rechazados y excluidos de la sociedad; ante los perseguidos, los indigentes, los que tienen hambre y sed, los que están desnudos, enfermos, moribundos; ante los que no tiene hogar, y ante los encarcelados. Nos lleva ante los desposeídos de su derecho y dignidad, ante los refugiados errantes a los que se les niega el derecho al asilo. Se deja ver entre los afligidos, los desconsolados, los abandonados, los marginados o los fracasados; se le ve con los que no encuentran salida para sus vidas, con los que están desorientados, con los que están sin defensa o sumergidos en el miedo a vivir o a ser felices. Nos lleva, queridos hermanos, con una misericordia sin límites ante los pecadores.

En todos está presente Jesús, en todos hemos de servirle con la misericordia que él mismo alimenta en nuestro corazón sacerdotal. Como sabéis muy bien, no hay que hacer cosas especiales, no hace falta que seamos depositarios de un carisma que sobresalga, para actuar con misericordia. Lo que si hace falta es que en el ejercicio del ministerio no dejemos atrás ninguna de las posibilidades que tenemos para que todo lo que hagamos sea misericordioso y reflejo de la misericordia salvadora de Dios Padre, mostrada en su Hijo Jesucristo. La misericordia sonará con fuerza en la Palabra que anunciamos; se reflejará en los misterios que celebramos, y en especial en la Eucaristía y la Penitencia; se fortalecerá en el tiempo que dedicamos, porque es suyo, a los demás; se enriquecerá en el clima comunitario que cultivamos; y se plasmará en el servicio que, personalmente o en comunidad, ofrecemos a los más débiles y desamparados.

Y termino recordando que nadie entró en la lógica misericordiosa de Dios como la Virgen. Por eso, ni en nuestro corazón sacerdotal ni en el corazón de aquellos a los que servimos deberá estar ausente María. En ella se hace materno el rostro y los ojos misericordiosos de nuestro Padre Dios.

Catedral nueva de Plasencia, 23 de marzo de 2016

+ Amadeo Rodríguez Magro, obispo de Plasencia

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