Los nacidos de la Pascua

Queridos diocesanos:
Así presenta la Pascua de Jesucristo, nuestra Pascua Inmolada, un precioso canto religioso, del que hago esta versión algo libre:
Aleluya, Padre mío, porque nos has dado a Jesucristo.
Aleluya, porque lo has enviado al mundo para nosotros,
Aunque sabías que lo crucificaríamos y lo enviaríamos a la muerte…
Aleluya, Padre mío, porque en la muerte de Jesús he nacido.
Aleluya, Padre mío, porque yo vivo en su vida resucitada.

Todo concluye, como veis, con una verdad que nos afecta: ser cristiano es vivir en Cristo, en el misterio de amor de su Pascua Inmolada. Si tenemos que identificarnos ante quienes nos pregunten quienes somos, al final sólo hay algo que nos identifica:: “Yo soy el que vive en la Pascua de Jesucristo por la gracia de Dios”. Si somos eso es porque nuestra vida entró en ese misterio y ya está para siempre, por la gracia y por la fe, insertada en Jesucristo.

La vida en Cristo comienza en nosotros por los sacramentos de iniciación cristiana: somos lo que han ido sellando en cada uno el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. Por los tres sacramentos nuestra vida se conforma con el misterio Pascual de Jesucristo. Esa es la razón por la que consideramos la Pascua del Señor como el corazón de la fe; en la Vigilia Pascual o se reciben o se renuevan los sacramentos de iniciación. Por eso, al celebrar la resurrección de Jesucristo celebramos también la criatura nueva en la que nos hemos convertido en él.

Cada vez que tomamos conciencia de que somos cristianos, inevitablemente hemos de recordar los sacramentos que construyeron nuestra identidad y los hemos de sentir espiritualmente actuando en nosotros. Ellos son el nervio estructural de nuestra vida, son la fuente espiritual de la que vivimos. Somos como cristianos lo que los sacramentos de iniciación siguen haciendo en nosotros cada día. Por eso, los tres son necesarios, los tres son complementarios y por eso nosotros deberíamos contemplarlos en la unidad que muestran en la noche de Pascua, aunque por razones pedagógicas los hayamos recibido por separado a lo largo de la infancia y la adolescencia.

Somos lo que el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía nos van ofreciendo en nuestro caminar como cristianos. Entre los tres, en efecto, existe una tensión, un dinamismo interno, por el cual el uno lleva al otro: el Bautismo evoca la Confirmación, la Eucaristía requiere la conciencia bautismal, y el Bautismo y la Confirmación tienen como meta el sacrificio eucarístico. “Los fieles renacidos en el Bautismo se fortalecen en el Sacramento de la Confirmación y finalmente son alimentados en la Eucaristía con el manjar de la vida eterna y así, por medio de estos sacramentos, reciben, cada vez con más abundancia, los tesoros de la vida divina y avanzan hacia la perfección de la caridad” (Pablo VI, Const. apost. “Divinae consortium naturae”).

Lo que somos por el Bautismo se fortalece y actualiza en nuestra relación íntima con Dios y en la vida de la Iglesia en la que nos introdujo el agua bautismal. Todo el valor, la fuerza y el compromiso que nació en esa fuente, ha de seguir alimentándose cada día. Será el Sacramento de la Confirmación el que, por la acción del Espíritu, renueve permanentemente la vocación bautismal, especialmente la de vivir y testimoniar responsablemente, de modo personal y comunitario, la misión de anunciar y testimoniar el Evangelio. La Eucaristía es el vértice de los tres sacramentos de iniciación. Con la Eucaristía los cristianos participan en un modo activo en la mesa de la palabra y del cuerpo del Señor, para vivir el don de la caridad y del servicio a los hermanos. En la Eucaristía está realmente presente todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir la misma persona de Cristo, nuestra Pascua. La Eucaristía lleva a plenitud la iniciación cristiana y es el centro y el fin de toda la vida sacramental.

Los sacramentos de iniciación, como son el comienzo de todo lo que somos, necesariamente se han de renovar a lo largo de nuestra existencia cristiana. De no hacerlo, nunca conoceremos en profundidad lo que poseemos como un tesoro. Quizás sea por no ser concientes del todo de lo que somos por lo que todo lo que acabo de decir en esta carta, a muchos os resulte, si no extraño, al menos algo que les sobrepasa. A esos les digo que en el conocer a fondo quiénes somos en Cristo nos va realmente nuestro ser o no ser como cristianos. De ahí que sea necesario que en la predicación y en la catequesis se nos ayude a hacer experiencia en profundidad de aquello que somos y vivimos. Una buena pastoral mistagógica nos ha de adentrar en la gracia y el bien que poseemos.

A lo largo del Año litúrgico, que ha de ser el camino que nos vaya introduciendo en la esencia y en los detalles del misterio del que estamos enriquecidos, se nos debería de orientar en la verdad de nuestra vida cristiana y en el mejor modo de vivirla. Al conocer, al celebrar, al vivir y al rezar lo que somos y cómo lo somos, nos asombremos por haber sido tan afortunados. Esa es la razón por la que el Catecismo “Testigos del Señor” se ha inspirado en su estructura en la Vigilia Pascual: que lo que en ella sucede por los sacramentos de iniciación sea la referencia permanente a lo largo de toda su vida. La Vigilia Pascual es la matriz sacramental y espiritual de fe. Por eso será muy bueno que este catecismo se leyera y se ofreciera con una clara intención mistagógica: como el instrumento catequético que abre nuestros ojos, nuestra inteligencia y nuestro corazón a todo lo que nos aproxima y nos descubre el misterio de la fe.

Feliz Pascua de Resurrección a todos.

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Plasencia

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